Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIV. Aficionado a dar muerte y condenar al suplicio a cualquiera y por cualquier motivo, se atraía con toda clase de halagos a hombres ilustres, a condiscípulos y coetáneos, como si fueran incluso a compartir con él el Imperio, para asesinarlos después empleando gran variedad de ardides: a uno de ellos llegó incluso a envenenarlo con sus propias manos, ofreciéndole el veneno en un vaso de agua fría que, el otro, durante un acceso de fiebre, le había pedido. Tampoco perdonó la vida a casi ninguno de los usureros, acreedores y arrendatarios públicos que alguna vez le hubiesen reclamado en Roma el pago de sus deudas o, durante algún viaje, los derechos de peaje. A uno de ellos, a quien había entregado para que lo ajusticiasen en el mismo momento en que había acudido a saludarle, enseguida lo hizo llamar de nuevo a su presencia y, mientras todos los presentes alababan su clemencia, ordenó que lo ejecutasen allí mismo, manifestando que deseaba recrearse la vista. A dos hijos, por haberse atrevido a suplicar el perdón de su padre, los condenó a compartir su misma pena. Incluso a un caballero romano que, al ser conducido al suplicio, le decía a gritos: «¡Te he nombrado mi heredero!», le hizo mostrarle las tablillas que contenían el testamento y, cuando leyó en ellas que había sido nombrado heredero junto con un liberto, ordenó que fuera degollado el testador y el liberto. Hizo matar a algunos individuos de la plebe por el simple hecho de haber criticado a los seguidores de los Azules[20], aduciendo que se habían atrevido a ello impulsados por el desprecio hacia su persona y por la esperanza de un nuevo golpe de Estado. A nadie, sin embargo, odió tanto como a los bufones y a los astrólogos, llegando al extremo de que, si uno de ellos era denunciado, lo condenaba a muerte sin escucharlo siquiera, exacerbado porque, después de su edicto en el que ordenaba que todos los astrólogos salieran de Roma antes de las calendas de octubre, apareció enseguida un cartel que rezaba así: «Los astrólogos, por su parte, deciden que, por el bien común, Vitelio Germánico no se halle en ninguna parte el día de las calendas citado». Se sospechó también que había asesinado a su madre —se rumoreaba que había prohibido que le dieran alimentos cuando ella estaba enferma— debido al augurio de una mujer del país de los catos[21], a quien él, como si se tratara de un oráculo, creía a pies juntillas, según el cual, gobernaría por fin de forma estable y duradera, si sobrevivía a sus padres. Otros aseguran que su propia madre, harta ya de los presentes días y temerosa de los venideros, le pidió a su hijo que le diera el veneno, a lo que éste accedió sin ninguna dificultad.