Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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IV. Bajo el reinado de Claudio y por recomendación de Narciso[20] fue enviado a Germania como jefe de una legión. Trasladado de allí a Britania, se enfrentó treinta veces al enemigo. Allí sometió dos tribus sumamente poderosas, más de veinte ciudades y la isla de Vecta[21], cercana a Britania; parte de sus victorias las consiguió siendo general en jefe del ejército el legado consular Aulo Plaucio y, parte, bajo el mando del propio Claudio. Por todo ello recibió los ornamentos triunfales y, al poco tiempo, un doble sacerdocio, además del consulado, que ejerció durante los dos últimos meses del año. Después, en el intervalo hasta su nombramiento como procónsul, permaneció voluntariamente ocioso y retirado de Roma, por temor a la poderosa Agripina, que todavía vivía en casa de su hijo Nerón y odiaba a los amigos de Narciso, incluso después de la muerte de este último. Más tarde, le tocó en suerte África, que gobernó con absoluta honestidad y gran estimación, si bien, durante un motín en Hadrumeto[22], le arrojaron algunos nabos. Regresó a Roma sin haberse enriquecido lo más mínimo, hasta el punto de que, agotados ya sus créditos, empeñó todas sus propiedades a su hermano y, para poder sostener su rango, se vio obligado a recurrir a la búsqueda de ingresos como traficante de mulas, por lo que la gente le llamaba «el mulatero». Se dice también que fue declarado culpable de haberle arrancado doscientos mil sestercios a un joven al que, contra la voluntad de su padre, le había conseguido el laticlave y que fue, por esa razón, duramente reprendido. Formando parte del séquito de Nerón durante la incursión artística de este último a Acaya, se granjeó su más profunda enemistad, porque, cuando cantaba el emperador, se marchaba o, si se quedaba, se dormía. En consecuencia, cuando vio que Nerón le había excluido, no sólo de su amistad, sino también del saludo oficial matutino, se retiró a una pequeña y remota ciudad, hasta que, mientras permanecía oculto y lleno de miedo, se le ofreció una provincia con el correspondiente ejército. Por todo el Oriente se había propalado la vieja y persistente profecía de que estaba dispuesto por los hados que, por aquellos mismos días, alguien, salido de Judea, se haría con el poder absoluto. Esta predicción se refería al emperador romano, como quedó aclarado posteriormente por los acontecimientos, pero los judíos, aplicándosela a ellos mismos, se sublevaron y, tras asesinar al gobernador de Judea y también al legado consular de Siria, que había acudido en su ayuda, huyeron con un águila que le habían arrebatado. Como, para sofocar este levantamiento, se hacía necesario un ejército mayor y un jefe enérgico a quien poder confiar con garantías tan importante empresa, se eligió a Vespasiano como el más capacitado, porque, además de ser un general de pericia comprobada, no inspiraba ningún temor por la humildad de su linaje y reputación. Reforzadas, pues, sus tropas con dos legiones, ocho alas de caballería y diez cohortes y nombrando entre los jefes de legión a su propio hijo mayor[23],Vespasiano, tan pronto como llegó a la provincia, se ganó también el apoyo de las provincias próximas por haber restablecido de inmediato la disciplina castrense y haber entablado un combate tras otro con tal intrepidez, que, en el asalto a una plaza fuerte, recibió en una rodilla el impacto de una piedra y numerosas flechas se clavaron en su escudo.


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