Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VIII. Después de regresar a Roma, acompañado de tan gran prestigio, y de celebrar el triunfo por su campaña en Judea, añadió ocho consulados al que ya había desempeñado hacía tiempo. Asumió también el cargo de censor y, durante todo el tiempo que fue emperador, nada fue más importante para él, que, en primer lugar, estabilizar el estado, tambaleante y en situación casi desesperada, y, después, embellecerlo. Los soldados, confiados unos en la victoria obtenida y amargados otros por el dolor de la derrota, se entregaban a toda clase de atropellos y desmanes; pero también las provincias y las ciudades libres, así como algunos reinos, se hostigaban entre sí encarnizadamente. Por ese motivo, Vespasiano licenció o refrenó a la mayoría de los soldados de Vitelio, pero tampoco, a los que habían participado en su victoria, les dejó pasar lo más mínimo, hasta el extremo de que, incluso las recompensas legítimas y oficiales, se las líquido con retraso. Y para demostrar que no dejaba pasar ni una ocasión de restablecer la disciplina, cuando un joven, sumamente perfumado, acudió a agradecerle una prefectura que le había concedido, con un gesto de rechazo le reprendió con duras palabras, diciéndole: «Hubiera preferido que olieses a ajo» y revocó la dignidad que le había otorgado. Cuando los soldados de la flota, que por turno iban y venían a pie de Ostia y de Putéolos a Roma, le pidieron que se les asignase una cantidad de dinero en concepto de calzado, como si fuera poco haberlos despedido sin respuesta por su parte, ordenó que, en adelante, se desplazaran descalzos. Y desde entonces así lo hacen. Redujo Acaya, Licia, Rodas, Bizancio y Samos a provincias romanas, tras privarlas de la libertad de que disfrutaban, y lo mismo hizo con Tracia, Cilicia y Comagena, que hasta entonces ostentaban la condición de reinos. Asignó más legiones a Capadocia, a causa de las continuas incursiones de los bárbaros, y le puso al frente a un legado consular, en lugar de un caballero romano. Roma estaba afeada por los antiguos incendios y los escombros: Vespasiano permitió a cualquier ciudadano ocupar y edificar los solares, si sus propietarios no lo hacían. Por su parte, cuando acometió la reconstrucción del Capitolio, fue el primero en remover con sus propias manos los escombros y sacó algunos de ellos cargándoselos al cuello. Acordó también que se habían de reproducir las tres mil tablas de bronce que habían ardido junto con el Capitolio, buscando facsímiles de ellas por todas partes; se trataba, en efecto, de los documentos más preciados y antiguos del Imperio, pues contenían los decretos del Senado, casi desde sus inicios, los plebiscitos referentes a las alianzas y tratados de paz, y los privilegios concedidos a quienquiera que fuese.