Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VII. Emprendida, pues, la guerra civil y enviados por delante jefes y tropas a Italia, Vespasiano se trasladó por el momento a Alejandría, para tener las llaves de Egipto. Una vez allí, después de haber hecho retirarse a todos, entró él solo en el templo de Serapis[35] a fin de tomar los auspicios sobre la fortaleza de su reinado. Cuando, tras aplacar al dios con sacrificios, finalmente se volvió, le pareció que el liberto Basílides le ofrecía, como suele hacerse allí, guirnaldas, coronas y tortas; le constaba, sin embargo, que nadie había permitido el acceso a Basílides, que desde hacía tiempo apenas podía andar, debido a una enfermedad nerviosa, y que se encontraba lejos de allí. Al momento le llegó una carta informándole que las tropas de Vitelio habían sido aplastadas junto a Cremona y que el propio Vitelio había sido asesinado en Roma. Le faltaba todavía a Vespasiano prestigio y, por así decirlo, cierta majestuosidad, puesto que se trataba de un emperador reciente e imprevisto; pero también consiguió esas cualidades. Dos individuos de la plebe, privado uno de la vista y el otro inválido de una pierna, se acercaron juntos a Vespasiano, mientras estaba éste sentado en el tribunal, rogándole que les curase, tal como en sueños se lo había revelado Serapis: que, si se los humedecía con su saliva, devolvería sus ojos al ciego, y que, si le tocaba con su zapato, devolvería la fortaleza de su pierna al tullido. Aunque le costaba creer que hubiera ninguna posibilidad de producirse la curación y no se atrevía, por tanto, a intentar nada, por último, ante los ruegos de sus amigos, decidió intentarlo públicamente, delante del pueblo, y no le decepcionó el resultado. Por aquellos mismos días en Tegea[36], en Arcadia, por iniciativa de unos adivinos, se desenterraron en un lugar sagrado unos vasos muy antiguos y en ellos se encontró grabada una efigie muy parecida a Vespasiano.