Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXII. Por otra parte, no sólo en la sobremesa, sino siempre, era sumamente amable y cerraba muchos asuntos con una broma. Era hombre, en efecto, de gran mordacidad, aunque basta y vulgar, hasta el punto de que no se abstenía tampoco de expresiones obscenas. Se conservan, sin embargo, algunas ocurrencias suyas muy agudas e ingeniosas, como, por ejemplo, las que siguen: a Mestrio Floro, un ex cónsul que le corrigió advirtiéndole que debía decir plaustra y no plostra, le saludo al día siguiente llamándole «Flauro»[47]. En otra ocasión en que había cedido a los requerimientos de una mujer que le aseguraba morir de amor por él, después de haberla hecho conducir a palacio y de haberse acostado con ella, le regaló cuatrocientos mil sestercios por el placer recibido; al preguntarle su intendente cómo quería registrar ese gasto en su libro de cuentas, le contestó: «El precio de un ardiente y apasionado amor a Vespasiano».
XXIII. Empleaba también versos griegos con notable oportunidad, como acerca de un individuo de elevada estatura y dotado de un miembro viril de desmesuradas dimensiones, del que dijo:
Camina a grandes pasos, blandiendo una enorme lanza de
larga sombra[48],