Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Empleaba sobre todo su mordacidad al hablar de sus irregulares ingresos, pensando que con un poco de ingenio diluía la animadversión hacia él y la transfería a los propios chistes. Tras dar largas a uno de sus más queridos servidores, que le solicitaba un cargo para un amigo al que quería como un hermano, Vespasiano llamó al candidato a su presencia; una vez le hubo arrancado toda la suma de dinero que había estipulado con su valedor para darle el cargo, se lo concedió sin demora; al echárselo en cara su servidor, le replicó: «Búscate otro hermano; éste que tú consideras tuyo, es el mío». En otra ocasión, sospechando que su mulatero se había bajado de la cabalgadura para herrar las mulas a fin de dar oportunidad y tiempo a un litigante para presentarse ante él, le preguntó Vespasiano cuánto había ganado con el herraje, y exigió una parte de aquel beneficio. Cuando su hijo Tito le reprochaba que hubiera ideado un impuesto sobre la orina[50], le puso bajo la nariz el dinero procedente de la primera recaudación, preguntándole si olía mal; al responder Tito que no, le replicó: «Pues procede de la orina». A unos embajadores que le comunicaban que se había decretado en su honor una estatua colosal, cuyo importante costo sería a cargo del Estado, les ordenó Vespasiano que la erigieran enseguida, mientras les mostraba la palma ahuecada de su mano diciéndoles: «El pedestal está ya preparado». Y ni siquiera cuando estaba asustado, ni incluso ante la inminente amenaza de su muerte, se abstuvo de bromear. En efecto, cuando entre otros prodigios el Mausoleo[51] se abrió repentinamente de par en par y un cometa apareció en el cielo, aseguró que el primer prodigio afectaba a Junia Calvina[52], de la estirpe de Augusto, y que el segundo se refería al rey de los partos, que tenía la cabellera muy larga[53]. Del mismo modo, cuando tuvo el primer ataque de su mortal enfermedad, comentó: «¡Vaya! Creo que me estoy convirtiendo en dios»[54].