Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares V. Más adelante, cuando Galba accedió al poder imperial, Tito fue enviado para felicitarle y, por donde quiera que pasaba, la gente se giraba a mirarlo, pensando que había sido llamado a palacio para ser adoptado. Pero, cuando vio que la situación volvía a ser confusa, se volvió por el mismo camino y, habiendo entrado al oráculo de la Venus de Pafos[8], mientras consultaba los augurios sobre su singladura fueron también confirmadas sus esperanzas de alcanzar el trono imperial. En breve se iban a cumplir sus deseos. En efecto, habiéndose quedado en Judea con el encargo de someterla, en el último asalto a Jerusalén mató a doce defensores de otros tantos flechazos y tomó la ciudad el día del cumpleaños de su hija, con tanta alegría y entusiasmo de sus soldados que, en sus aclamaciones de enhorabuena, le saludaron como emperador, y después, cuando abandonaba la provincia, le detuvieron, rogándole entre súplicas y también amenazas, que, o permaneciera con ellos, o se los llevara a todos con él. De ahí surgió la infundada sospecha de que había intentado apartarse de su padre, reclamando para sí mismo el reino de Oriente. Acrecentó esta sospecha el hecho de que más tarde, cuando se dirigía a Alejandría, mientras veneraba en Memfis al buey Apis, se ciñó una diadema, conforme a la costumbre y ritual de esa antigua religión; no faltaron, sin embargo, quienes lo interpretaron de una forma bien diferente. Por lo cual, apresurando su viaje a Italia, después de arribar a Regio y luego a Putéolos en una nave de carga, desde allí se dirigió a Roma a toda prisa y, como para demostrar la falsedad de los rumores sobre su actitud, le dijo a su padre, a quien había sorprendido su llegada: «Ya estoy aquí, padre, ya estoy aquí».