Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VI. Desde ese instante no dejó de comportarse como copartícipe e incluso como defensor del Imperio. Celebró el triunfo en compañía de su padre, desempeñó con él el cargo de censor y fue también su colega en el ejercicio de la potestad tribunicia y de siete consulados. Después de serle transferida la dirección de casi todos los asuntos del Estado, él mismo dictaba las cartas en nombre de su padre, redactaba los edictos y, asumiendo las funciones del cuestor, pronunciaba los discursos en el Senado. Se hizo cargo también de la prefectura del pretorio, que, hasta entonces, había sido siempre ejercida por un caballero romano, comportándose en ocasiones con excesiva arrogancia y brutalidad, puesto que no dudaba en eliminar a todo aquél de quien albergaba sospechas, después de enviar agentes suyos de incógnito por teatros y campamentos para que, como si fuera la voluntad de todos los presentes, reclamaran su condena a muerte. Entre ellos, a Aulo Cecina[9],un ex cónsul a quien convidó a cenar y ordenó que lo asesinaran así que saliese del comedor, debido a la inminencia del peligro, ya que Tito se había apoderado del texto manuscrito de una arenga preparada por Cecina para ser leída ante los soldados. Con estas actuaciones, en la misma medida que se aseguró suficientemente su tranquilidad para el futuro, se granjeó en el presente los odios de casi todos, hasta el punto de que, probablemente, no hubo nadie que accediera al poder imperial con una reputación tan mala y tan a disgusto de todo el mundo.