Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares VIII. De natural sumamente generoso, puesto que todos los césares, desde que Tiberio lo dispusiese así, consideraban derogados los privilegios concedidos por los anteriores emperadores, a no ser que ellos mismos otorgasen los mismos favores a las mismas personas, Tito fue el primero que, sin esperar a que se lo pidieran, confirmó en un solo edicto todos los anteriores privilegios. En cuanto al resto de peticiones que la gente le hacía, procuró con el máximo empeño que nadie se marchase de su presencia sin esperanzas de conseguirlas. Más aún, cuando el personal a su servicio le advirtió que prometía más de lo que realmente estaba en sus manos, contestó que «nadie debía salir triste de una entrevista con el emperador». En cierta ocasión, al acordarse durante la cena de que durante todo el día no había hecho ningún favor a nadie, pronunció aquellas memorables y merecidamente encomiadas palabras: «Amigos míos, hoy he perdido el día». Pero, muy especialmente, trató a todo su pueblo en todo momento con tanta afabilidad que, habiendo anunciado un espectáculo de gladiadores, declaró que no lo montaría a su gusto, sino a gusto de los espectadores. Y así lo hizo en verdad. No sólo no denegó ninguna de las peticiones, sino que por propia iniciativa animó a la gente a exponerle sus deseos. Más aún, como mostraba abiertamente su preferencia por los gladiadores tracios, muy a menudo, como partidario de ellos, cruzó bromas con gestos y exclamaciones con el público asistente, pero sin perder nunca la dignidad ni la objetividad. Para no dejar pasar oportunidad alguna de aumentar el mutuo afecto entre él y su pueblo, dejó que en ocasiones entrara la plebe en sus termas privadas y se bañó en su compañía. Durante su reinado ocurrieron algunas lamentables y fortuitas desgracias, como una erupción del Vesubio en Campania[14], un incendio que asoló Roma durante tres días y otras tantas noches[15] y una peste más mortífera que ninguna otra. En tales y tan grandes adversidades, no mostró tan sólo la solicitud propia de un emperador, sino el cariño que sólo un padre puede dar, ya consolando al pueblo con sus edictos, ya socorriéndolo en la medida de sus posibilidades. De entre los ex cónsules, nombró por sorteo unos procuradores para reconstruir la Campania. Destinó los bienes de las víctimas del Vesubio, que habían muerto sin dejar herederos, a la reconstrucción de las ciudades afectadas. Cuando el incendio de Roma, después de declarar que no se había perdido ningún edificio público[16], destinó todas las obras de arte y ornamentación de sus villas de recreo a la reconstrucción de las obras públicas y templos, poniendo al frente de esa tarea a varios miembros del orden ecuestre con el encargo de que las obras se llevaran a término lo antes posible. Para combatir la peste y curar a los enfermos, empleó todos los recursos humanos y divinos, tratando de descubrir toda clase de sacrificios y medicinas idóneos para ello. Entre las plagas de la época se hallaban los delatores y los que les encargaban sus delaciones, favorecidos por la ya enquistada corrupción. Ordenó que todos ellos fueran azotados en el foro con látigos y fustas y, por último, después de exhibirlos en la arena del anfiteatro, ordenó que unos fueran puestos a subasta y vendidos y que otros fueran deportados a las islas más inhóspitas. Además, para evitar, entonces y para siempre, que nadie se atreviera a imitarlos, prohibió, entre otras cosas, que nadie pudiera ser procesado de nuevo por un mismo delito pretextando leyes diferentes y prohibió también que, después de transcurrido un determinado tiempo, se investigase la condición social de cualquier persona difunta[17].