Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares IX. Había declarado que aceptaba ser nombrado pontífice máximo para conservar puras sus manos, y ciertamente mantuvo su palabra, pues en adelante nadie murió por orden suya ni con su consentimiento, a pesar de que no le faltaron motivos de venganza; juraba, en cambio, que antes preferiría morir él que hacer morir a nadie. A dos ciudadanos patricios, convictos de intrigar contra él para hacerse con el trono imperial, se limitó a advertirles que desistieran de ello, diciéndoles: «El trono lo otorga el destino», y prometiéndoles que, si, aparte de eso, deseaban cualquier cosa, él se la proporcionaría. A continuación, envió inmediatamente sus propios correos a la madre de uno de ellos, que se hallaba lejos de Roma, para que anunciaran a la angustiada madre que su hijo estaba sano y salvo. En cuanto a ellos, no sólo les invitó a una cena familiar, sino que al día siguiente, después de hacerlos sentar deliberadamente a su lado durante un espectáculo de gladiadores, les entregó a ellos las armas que le habían presentado para su inspección. También se cuenta que, cuando conoció la carta astral de cada uno de ellos, les advirtió que un grave peligro se cernía sobre ambos, pero más adelante y emanado de alguien que no era él, como efectivamente ocurrió[18]. A su hermano[19], que no sólo no cesaba de intrigar contra él, sino que soliviantaba casi públicamente al ejército y planeaba huir, no quiso matarlo ni desterrarlo ni siquiera destituirlo de la alta posición que ocupaba, antes bien, como había hecho desde el primer día de su reinado, continuó proclamándolo copartícipe del poder y su futuro sucesor, rogándole muchas veces en privado, con súplicas y lágrimas, que se decidiera finalmente a corresponder a su afecto.