Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares IV. Ofreció con gran frecuencia suntuosos y espléndidos espectáculos, no sólo en el anfiteatro, sino también en el circo, donde, además de las acostumbradas carreras de bigas[11] y cuadrigas, organizó dos combates: uno ecuestre y otro de infantería. En el anfiteatro, incluso llevó a cabo una batalla naval. Ofreció además cacerías y combates de gladiadores, celebrados también por la noche a la luz de las antorchas, y luchas, no sólo de hombres, sino también de mujeres. Por su parte, no sólo asistió siempre a los espectáculos de gladiadores ofrecidos por los cuestores (costumbre ésta que, suprimida desde hacía tiempo, había él restablecido de nuevo), sino que dio al pueblo la potestad de solicitar en ellos dos parejas de luchadores de su propia escuela, que hacía descender a la arena en último lugar, entre una imperial suntuosidad. Durante todos los espectáculos de gladiadores permanecía a sus pies un jovencito, vestido de púrpura, con una cabeza prodigiosamente diminuta, con el que no dejaba de charlar, algunas veces incluso sobre asuntos importantes. Se le oyó, en efecto, preguntarle si sabía por qué, en la última regulación política, le había parecido oportuno poner a Mecio Rufo al frente de Egipto. Brindó también combates navales entre flotas casi al pleno de efectivos, en un lago excavado y rodeado de graderías junto al río Tíber. Algunos de estos combates los contempló de principio a fin bajo torrenciales tormentas. Celebró también unos juegos seculares, tomando como referencia del tiempo transcurrido, no el año más cercano en que los celebró Claudio, sino el año en el que los había ofrecido Augusto[12]. Durante su celebración, para que el día de las carreras pudieran celebrarse más fácilmente las cien competiciones, redujo a cinco las siete vueltas al circo de cada una de ellas. En honor de Júpiter Capitolino, instituyó también un triple certamen quinquenal: musical, ecuestre y atlético, con un número de premios algo superior al actual. En efecto, había también competiciones de escritores en prosa, en latín y en griego, y, además de los citaredos, citaredos con coro y simples tañedores de cítara; en el circo, además, competían también las chicas en carreras a pie. Domiciano presidía los juegos calzado con sandalias, ataviado con una toga de púrpura de estilo griego y ceñida la cabeza con una corona de oro con las efigies de Júpiter, de Juno y de Minerva. Junto a él se sentaba el flamen de Júpiter y el colegio sacerdotal de los Flavios, con una indumentaria igual a la suya, excepto que en sus coronas llevaban la efigie del propio Domiciano. Cada año celebraba también, en el monte Albano, las fiestas quinquatrias en honor de Minerva, en cuyo honor había instituido un colegio sacerdotal, algunos de cuyos miembros, elegidos por sorteo, ejercían la presidencia y organizaban espléndidas cacerías y juegos escénicos, además de certámenes de oratoria y de poesía.