Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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VIII. Administró justicia con habilidad y diligencia, por regla general en el foro, desde su tribunal, y a título extraordinario. Revocó las interesadas sentencias de los centunviros[20]. Amonestó igualmente a los recuperadores[21], para que no se prestasen fácilmente a las reivindicaciones poco fundadas. Destituyó a los jueces venales y a sus respectivos asesores. Indujo también a los tribunos de la plebe a acusar de concusión a un edil corrupto y a solicitar del Senado jueces para juzgarlo. Se esforzó tanto en controlar a los magistrados que gobernaban la Urbe y las provincias, que nunca con anterioridad se habían mostrado más honestos ni más justos; en cambio, después de Domiciano, vimos que muchos de ellos se hacían reos de toda clase de delitos. Cuando emprendió la reforma de las costumbres, refrenó los abusos del teatro, donde la plebe no respetaba las localidades del orden ecuestre para contemplar los espectáculos. Hizo destruir, con pública ignominia de sus autores, los panfletos infamantes que se distribuían por doquier y en los que se injuriaba a los hombres y mujeres más importantes. Expulsó del Senado a un ex cuestor por su desmedida afición a la pantomima y al baile. A las mujeres de vida licenciosa les privó del derecho de ir en litera y del de recibir legados y herencias. Borró de la lista de los jueces a un caballero romano por haberse vuelto a juntar con su mujer, a la que, después de repudiarla, había acusado de adulterio. En virtud de la Ley Escantinia[22], condenó a diversos ciudadanos de uno y otro orden. Las relaciones sexuales de las vírgenes Vestales —sacrílega práctica sobre la que incluso su padre y su hermano habían cerrado los ojos—, las reprimió con diversas y severas penas: al principio, con la pena de muerte; después, con la muerte a la antigua usanza. En efecto, después de haber permitido a las hermanas Oculatas, y también a Varronila, elegir el género de muerte y de haberse limitado a desterrar a sus amantes, más adelante, en cambio, ordenó enterrar viva a Cornelia, virgen Vestal Máxima, quien anteriormente había sido absuelta, pero que, acusada de nuevo después de mucho tiempo, había resultado convicta. En cuanto a sus amantes, fueron azotados con varas hasta la muerte, en el recinto de los comicios, a excepción de un ex pretor, a quien se limitó a condenar al destierro, por haber admitido su delito cuando el proceso presentaba todavía muchas dudas y los interrogatorios y las torturas no lo habían aún clarificado. Y, para que no se pudiese violar impunemente el respeto debido a todos los dioses, hizo demoler por los soldados la tumba que, con piedras destinadas al templo de Júpiter Capitolino, un liberto suyo había erigido para su hijo, y ordenó sumergir en el mar los huesos y los restos que se hallaban en ella.


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