Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXIII. Aunque el pueblo se mostró indiferente ante su asesinato, el ejército lo llevó muy a mal e intentó darle enseguida el título de «divino»; estaba además dispuesto a vengarlo, si no hubiese carecido de jefes para llevar a cabo su venganza, cosa que hizo poco después, al reclamar con firme insistencia el castigo de los autores de su asesinato. El Senado, en cambio, experimentó tal alegría, que la Curia, repleta a porfía, no pudo abstenerse de ultrajar al difunto emperador con toda clase de los más injuriosos y agrios improperios. Ordenó incluso que se trajeran unas escaleras y que, ante sus propios ojos, se arrancaran los escudos y las efigies de Domiciano y que, allí mismo, las hicieran añicos contra el suelo. Por último, decretó que fueran borradas de todas partes todas las inscripciones con su nombre y que se eliminase su memoria[46]. Unos pocos meses antes de ser asesinado, una corneja había graznado desde el tejado del Capitolio: «Todo irá bien». Y no faltó quien interpretó el presagio de esta manera:

La corneja que hace poco se posó en lo más alto de la roca

Tarpeya no pudo decir «va bien»; dijo: «irá bien».



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