Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXI. Afirmaba ser sumamente triste la condición de los príncipes, a quienes, si descubrían una conspiración, no se les daba crédito hasta después de ser asesinados. Siempre que tenía tiempo libre, se entregaba con placer al juego de los dados, incluso en días festivos y ya por la mañana. Se bañaba de día y comía hasta hartarse, de modo que, de ordinario, a la hora de cenar, tomaba únicamente una manzana de Macio[44] y un breve sorbo de una botella. Ofrecía frecuentes y copiosos banquetes, pero aprisa y corriendo, pues nunca duraban más allá de la puesta del sol, ni después había sobremesa. Luego, hasta la hora de irse a dormir, se dedicaba únicamente a pasear, él solo, por un lugar apartado.

XXII. Era de una sensualidad desenfrenada, y a sus continuos coitos, como si de un género de gimnasia se tratase, les daba el nombre de «palestra de cama». Se decía que él mismo depilaba a sus concubinas y que vivía rodeado de las más vulgares rameras. Rechazó obstinadamente a la hija[45], todavía virgen, de su hermano, que le había sido ofrecida en matrimonio cuando él estaba prometido a Domicia. Sin embargo, cuando al poco tiempo la casaron con otro, por propia voluntad se apresuró a seducirla, y eso estando Tito todavía vivo. Luego, tras perder a su padre y a su marido, la amó abierta y apasionadamente, hasta el extremo de que ese mismo amor fue la causa de su muerte, pues, al quedarse encinta, la obligó a abortar.


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