Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXVII. No a todos los delitos les prestaba la misma atención ni los castigaba del mismo modo. Investigaba y castigaba con el máximo rigor los delitos de deserción y sedición; con los otros hacía la vista gorda. En algunas ocasiones después de una importante y victoriosa batalla, dispensados del cumplimiento de sus obligaciones, concedía total licencia a sus soldados para holgar a su gusto, pues acostumbraba afirmar con orgullo que «sus hombres podían luchar aun llenos de perfume». En las arengas no les llamaba «soldados», sino que les daba el nombre más cariñoso de «camaradas», y los mantenía tan bien pertrechados que los equipaba con armas guarnecidas de plata y oro, no sólo buscando una conspicua prestancia, sino también para que las defendiesen en la batalla con mayor bravura por miedo a perderlas. Sentía por ellos, además, tal afecto que cuando se enteró del desastre sufrido por Titurio[57], se dejó la barba y el cabello y no se los cortó hasta que los hubo vengado.
LXVIII. Con este proceder logró que sus hombres adquiriesen una gran reciedumbre y los volvió, además, ciegamente adictos a su persona. Al principio de la guerra civil cada uno de los centuriones de cada legion le ofreció equipar y mantener a sus propias expensas un jinete, y todos los soldados se ofrecieron a servirle de forma gratuita, sin trigo ni soldada, brindándose los más ricos a tomar a su cargo a los más pobres.