Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Y durante el prolongado espacio de tiempo que duró la guerra, no desertó ninguno de ellos. Más aún, habiendo sido capturados algunos de ellos y habiéndoseles ofrecido la vida a condición de que aceptasen combatir contra él, rechazaron la oferta. Soportaban con tal coraje el hambre y las demás necesidades, no tan sólo cuando sufrían ellos un asedio, sino también cuando ellos lo llevaban a cabo, que al ver Pompeyo en sus trincheras de Dirraquio la clase de pan de yerbas con el que se sustentaban, afirmó que se enfrentaba a fieras y ordenó retirarlo rápidamente y que no lo viese ninguno de sus hombres, para que la paciencia y el aguante del enemigo no quebrantaran el coraje de sus propios hombres. Prueba de la bravura con la que luchaban es el hecho de que, después de su única derrota frente a Dirraquio, pidieron espontáneamente a César que les impusiese un castigo, de manera que su general tuvo que consolarlos en lugar de sancionarlos. En los demás combates, siendo ellos en muchas ocasiones inferiores en número, vencieron fácilmente a tropas enemigas infinitamente superiores. Por ejemplo, una sola cohorte[58] de la VI legión, que defendía una plaza fuerte, resistió durante varias horas a cuatro legiones de Pompeyo, sucumbiendo casi toda ella, al final, ante la infinidad de flechas enemigas, de las que se encontraron ciento treinta mil dentro de la empalizada. Y este hecho no es sorprendente si se consideran las heroicidades individuales, como la del centurión Casio Esceva, o la del soldado Cayo Acilio, por no hablar de otros muchos. Esceva, con un ojo colgando, con el muslo y el brazo atravesados, con el escudo perforado por ciento veinte impactos, mantuvo la defensa de la puerta de la plaza fuerte que se le había encargado. Acilio, por su parte, en una batalla naval junto a Marsella, tras serle cortada de cuajo su mano derecha, con la que asía la popa de un navío enemigo, imitando el memorable ejemplo del griego Cinegiro[59], abordó aquella misma nave, atacando con su muñón a los enemigos que le salían al paso.