Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXV. Mostró una moderación y clemencia admirables, tanto en la manera de dirigir las campañas durante la guerra civil, como, más tarde, en el momento de la victoria. En tanto que Pompeyo había anunciado que consideraría enemigos a quienes no estuviesen a favor de la República, César aseguró que los indecisos y neutrales tendrían por su parte, en el futuro, la consideración de partidarios suyos. A todos aquellos que por recomendación de Pompeyo les había otorgado cargos militares, les dio autorización para cambiar de bando. En Lérida, donde, una vez iniciadas las condiciones de rendición, había surgido entre los dos bandos un asiduo trato e intercambio comercial, Afranio y Petreyo, cambiando repentinamente de forma de pensar, ejecutaron a todos los soldados de César sorprendidos dentro del campamento; César se negó a actuar como ellos, a pesar de la pérfida traición que había sufrido. Durante la batalla de Farsalia anunció que los civiles no sufrirían ningún daño; y más aún, luego autorizó a cada uno de los suyos a salvar la vida de un adversario, el que cada uno quisiese. Y, en efecto, no puede decirse que muriera un solo hombre, a no ser durante la batalla, a excepción solamente de Afranio, Fausto y el joven Lucio César[62]. Y se cree que ni siquiera éstos fueron abatidos por mandato de César, a pesar de que los dos primeros volvieron a levantarse en armas contra César después de haber solicitado su perdón y de que el tercero, después de degollar y quemar vivos con enorme crueldad a los libertos y esclavos de César, había dado muerte también a las bestias salvajes que éste había preparado para un espectáculo que iba a ofrecer al pueblo. Más tarde, ya hacia el final de su vida, permitió que regresaran a Italia y ocuparan magistraturas y mandos militares todos aquellos, incluso, a quienes todavía no había concedido el perdón. Más aún, tornó a levantar las estatuas de Lucio Sila y de Pompeyo, que la plebe había derribado y, en adelante, si se tramaba algo importante o se le criticaba, prefirió mejor atajarlo de raíz que castigarlo. Así pues, si detectaba alguna conspiración o reuniones nocturnas clandestinas, no llevó su represión más lejos de hacer saber por un edicto que estaba al corriente del asunto; y, con respecto a los que se ensañaban en sus críticas, se limitó a advertirles en plena asamblea que no continuaran por ese camino. Soportó también con ánimo sereno que su reputación fuese seriamente lastimada por un difamatorio libelo de Aulo Cecina y por los infamantes versos de Pitolao.