Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXI. No obstante, manifiestos prodigios anunciaron a César su próximo asesinato. Pocos meses antes, cuando los colonos llevados a Capua destruían antiquísimos sepulcros para construir sus nuevas granjas y mientras realizaban esa tarea con gran entusiasmo porque, si buscaban bien, se encontraban algunos vasos muy antiguos, en una de las sepulturas, donde se decía que estaba sepultado Capis, el fundador de Capua, se descubrió una lápida de bronce en la que, en caracteres griegos, estaba escrita la siguiente inscripción: «Cuando sean desenterrados los huesos de Capis, será asesinado un descendiente de Iulo a manos de sus parientes y, posteriormente, será vengado entre terribles desastres en toda Italia». Cornelio Balbo, amigo íntimo de César, atestigua este suceso para que nadie lo crea inventado o falso. En los días anteriores a su muerte, se enteró también de que unas manadas de caballos, que cuando el paso del río Rubicón había consagrado a este río dejándolos en libertad sin vigilancia alguna, se negaban obstinadamente a comer y derramaban abundantes lágrimas. De igual modo, el arúspice Espurina le advirtió, mientras immolaba una víctima, que se precaviese del peligro, pues no sobreviviría a los idus de marzo. La víspera de los idus, distintos tipos de aves, surgidas del vecino bosque, persiguieron a un pájaro reyezuelo que, con una ramita de laurel en el pico, volaba hacia la Curia de Pompeyo y allí mismo lo despedazaron[72]. Durante la noche que precedió al día del asesinato, al propio César le pareció, mientras dormía, que, unas veces, volaba por encima de las nubes y, otras, que estrechaba la mano de Júpiter. También su esposa Calpurnia soñó que el techo de su casa se desplomaba y que su marido moría apuñalado en sus brazos; acto seguido, las puertas de su habitación se abrieron por sí solas de par en par. Por todos estos sucesos y también por encontrarse indispuesto, estuvo dudando largo rato si quedarse en casa y aplazar los asuntos que se había propuesto tratar en el Senado. Finalmente, ante los insistentes ruegos de Décimo Bruto de que no decepcionase a los numerosos senadores que desde hacía rato le aguardaban, hacia la hora quinta[73], salió de casa. En el camino, un individuo que le salió al encuentro le alargó un escrito que descubría toda la trama fraguada contra él, pero César lo juntó a los demás documentos que llevaba en la mano izquierda, para leerlo más tarde. Luego, tras inmolar numerosas víctimas sin poder conseguir auspicios favorables, prescindiendo de religiosos temores, entró en la Curia, burlándose de Espurina y acusándole de mentiroso, puesto que habían llegado los idus de marzo, sin haber sufrido él ningún daño; pero el arúspice le contestó que efectivamente los idus habían llegado, pero que no habían pasado todavía.