Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXII. A todo esto, mientras se sentaba, le rodearon los conjurados, como si fuera una muestra de deferencia para con él. Al instante, Cimbro Tilio, que había asumido el papel protagonista, se le colocó al lado como para solicitarle algo y, al rechazarle César con la cabeza y hacerle gestos de que lo dejase para otro momento, le agarró la toga por ambos hombros. Al gritar César: «¡Esto es un ataque!», uno de los hermanos Casca, desde atrás, le hiere ligeramente en la parte inferior de la garganta. César, sujetando el brazo de Casca, se lo atravesó con el estilete[74] y, cuando intentaba levantarse de un salto, se lo impidió otra puñalada. Cuando advirtió que desde todos lados le atacaban puñal en ristre, se cubrió la cabeza con la toga y, al mismo tiempo, con la mano izquierda se bajó hasta los pies los pliegues de ésta, para morir con más decoro, teniendo también cubierta la parte inferior del cuerpo. Y así, en esta postura, sin decir una sola palabra, cayó abatido por veintitrés puñaladas, profiriendo únicamente un gemido en el primer golpe, aunque algunos aseguran que, al abalanzarse sobre él Marco Bruto, le dijo: «¡¿Tú también, hijo mío?!»[75]. Entonces, después de huir todos los presentes, permaneció exánime en el suelo durante un buen rato, hasta que tres esclavos suyos lo colocaron en una litera y, con un brazo colgando, lo llevaron a su casa. Y, entre tantas heridas, según opinaba el médico Antistio, no se encontró ninguna que fuera mortal, a no ser la segunda, que había recibido en el pecho. La intención de los conjurados había sido arrojar al Tíber el cuerpo de César muerto, confiscar sus bienes y derogar sus decretos, pero renunciaron a ello por temor al cónsul Marco Antonio y a Lépido, jefe de la caballería.