Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares y también otros de la Electra, de Atilio, expresando parecidos sentimientos. El cónsul Antonio, en lugar del elogio fúnebre, anunció, mediante un heraldo, el decreto del Senado por el que se otorgaban a César todos los honores divinos y humanos y en el que, bajo juramento, se comprometían también todos los senadores a velar por la seguridad de César. Muy pocas palabras añadió por su cuenta Antonio. Magistrados en activo y ex magistrados trasladaron el lecho mortuorio al foro, frente a la tribuna de los oradores. Algunos de los presentes pretendían quemar el cuerpo en la cámara sagrada del templo de Júpiter Capitolino, mientras otros se inclinaban por hacerlo en la Curia de Pompeyo. De pronto, dos individuos, armados con espadas y llevando un par de jabalinas, prendieron fuego al túmulo con sus hachones de cera encendidos. Al momento la multitud comenzó a arrojar encima ramas secas, el entarimado y las banquetas del tribunal y todas las ofrendas, además, que se encontraban allí. A continuación, los flautistas y los actores se arrancaron y rasgaron las vestiduras que, rescatadas del atrezo de los triunfos, se habían puesto para esta ocasión, y las arrojaron al fuego. Lo mismo hicieron los legionarios veteranos con sus armas, con las que se habían engalanado para las exequias. También muchas mujeres echaron a las llamas los adornos que llevaban, juntamente con las bulas[80] y togas pretextas de sus hijos. En el gran duelo general, multitud de extranjeros mostraron su dolor, por grupos y a su manera, y, en especial, los judíos, que se agolparon en masa junto a la pira mortuoria durante varias noches seguidas.