Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXIV. Una vez fijado el día del funeral, se levantó la pira funeraria en el Campo de Marte, junto al sepulcro de Julia, y ante la tribuna de los oradores se erigió un templete dorado, réplica del templo de Venus Genitrix. En su interior, se colocó un lecho de marfil, recubierto con colchas de púrpura y oro, y, junto a la cabecera, un trofeo con la vestidura que llevaba puesta el día de su asesinato. Como se preveía que el día no bastaría para todos los que querrían presentarle las últimas ofrendas, se decidió que, sin trayecto prefijado alguno, cada cual las llevara al campo de Marte siguiendo, a través de la ciudad, el itinerario que cada uno prefiriese. Durante los festejos fúnebres se recitaron unos versos del Juicio de las Armas, de Pacuvio, adecuados para excitar la compasión y la cólera por el asesinato:
¿Acaso les he dejado vivir para que fuesen ellos quienes me dieran
[muerte?;