Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXXVII. Todos ellos, no obstante, están plenamente convencidos de que le tocó en suerte una forma de muerte muy similar a la que públicamente había manifestado preferir. Pues, en efecto, ya en cierta ocasión al leer en Jenofonte que Ciro, durante su última enfermedad, había dispuesto sus propios funerales, rechazó ese modo de morir, tan lento, afirmando desear para sí una muerte rápida. Y, la misma víspera de ser asesinado, en la conversación surgida después de la cena en casa de Marco Lépido sobre cuál era la clase de muerte más deseable, dijo preferir una muerte repentina e inesperada.
LXXXVIII. Murió a los cincuenta y seis años de edad y fue incluido entre los dioses, no sólo por boca de los que decretaron tal honor, sino por el convencimiento de la gente. Y, en efecto, durante los juegos —los primeros que el heredero, Augusto, organizaba en su honor, después de ser divinizado— refulgió durante siete días seguidos un cometa, que aparecía alrededor de la hora undécima, y que todos creyeron ser el alma de César, recibida en los cielos; por esa razón, en sus estatuas se añade una estrella sobre su cabeza. Fue deseo general tapiar la Curia donde fue asesinado y los idus de marzo pasaron a denominarse los idus del «Parricidio» y nunca más volvió a reunirse el Senado en ese día.