Amanecer en la cosecha (Los juegos del hambre 5)
Amanecer en la cosecha (Los juegos del hambre 5) Las entrevistas televisadas lo obligan a mostrarse. Drusilla exige encanto, Plutarch pide una historia. Él elige sarcasmo. Juega al joven pobre que hace chistes. Gana al público con una mezcla de cinismo y carisma. No porque quiera, sino porque sabe que cada aplauso puede valer un patrocinador.
Pero en las noches, cuando las luces se apagan, sueña con Sid. Con Lenore. Con los caramelos que no pudo compartir. Y con Woodbine, el chico que corrió y fue silenciado.
La noche anterior a los Juegos, Haymitch recibe una sorpresa: un video grabado por su madre y su hermano. Él se acerca a la pantalla. Sid sostiene el encendedor, lo frota, chispea. El mensaje es claro: no te apagues.
Y entonces, Plutarch le susurra:
—Recuerda lo que dijo tu padre: no dejes que te usen.
Esa frase, dicha entre lágrimas en la despedida, ahora retumba como un tambor en su pecho. Porque al día siguiente, cuando se abran las puertas del infierno, Haymitch ya no será solo un chico del Distrito 12.
Será una amenaza.
Para todos.