Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Cierto gran príncipe[26] reunió un poderoso ejército, llenó sus arcas de tesoros infinitos y equipó una flota invencible, todo ello sin dar el menor aviso de su propósito a sus principales ministros ni a sus más cercanos favoritos. Inmediatamente, el resto del mundo se armó, con los reinos circundantes en temblorosa expectativa de por dónde estallaría la tormenta, con sus discretos políticos sumidos por doquier en profundas conjeturas. Algunos creían que aquel había fraguado un plan de soberanía universal; otros, después de mucho pensar, decidieron que el asunto consistía en un proyecto para derrocar al papa y establecer la religión reformada, que en otro tiempo había sido la suya. Otros, en fin, de una sagacidad más profunda, le veían ya en Asia para someter al turco y recobrar Palestina. En medio de todos esos proyectos y preparaciones, cierto cirujano de la política, comprendiendo la naturaleza de la enfermedad por sus síntomas, emprendió la curación, y con un solo golpe realizó la operación, rompiendo la bolsa de los vapores, de la que estos se escaparon; no necesitó más para hacer de ello un remedio completo, solo que el príncipe tuvo la mala fortuna de morir en la intervención. Ahora bien, ¿tiene el lector la desbordante curiosidad de saber dónde se originaron estos vapores que durante tanto tiempo fueron el asombro de las naciones? ¿Qué rueda secreta, qué oculto resorte, pudo poner en movimiento un motor tan formidable? Más tarde se descubrió que el funcionamiento de tamaña máquina había sido dirigido por una mujer ausente, cuyos ojos habían hecho que creciera un bulto, y, antes de poder eyacular, ya se la habían llevado a un país enemigo. ¿Qué debería hacer un desdichado príncipe en circunstancias tan delicadas como esas? En vano intentó el infalible remedio del poeta, el de los corpora quaequae, porque:


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