Cuento de un tonel
Cuento de un tonel De modo alguno debe restar valor a la justa reputación de esta famosa secta el que su aparición e institución se deban a un autor como el que he descrito que es Juan, una persona cuyas dotes intelectuales estaban trastornadas, y que tenía el cerebro desplazado de su posición natural, lo que comúnmente suponemos que es un desorden mental y a la que damos el nombre de locura o delirio. Porque si hacemos un repaso de las mayores hazañas llevadas a cabo en el mundo por la influencia de un solo hombre, como son el establecimiento de nuevos imperios mediante conquista, el avance y progreso de nuevos sistemas filosóficos y la elaboración, así como la propagación, de nuevas religiones, nos encontraremos con que los autores de todas ellas han sido personas cuya razón natural había experimentado grandes trastornos, debidos a su régimen de vida, a su educación y a la prevalencia de algún temperamento determinado, junto con la particular influencia del aire y del clima. Además, hay algo individual en las mentes humanas que se enciende con facilidad cuando se produce la confluencia y colisión de determinadas circunstancias y que, a pesar de su apariencia insignificante y humilde, a menudo prende y se inflama dando lugar a los mayores acontecimientos de la vida. Pues los grandes cambios no siempre se producen por unas manos fuertes, sino por adaptación afortunada y en épocas favorables, y no importa dónde se inició el fuego cuando los vapores ya han ascendido al cerebro. Porque la región superior del hombre está provista como la región intermedia del aire, sus materiales están formados por causas de la mayor variedad, pero que al final producen la misma sustancia y efectos. Las brumas surgen de la tierra, los vapores de los estercoleros, las emanaciones del mar y el humo del fuego, pero todas las nubes son de igual composición así como sus efectos, y los gases que salen de una letrina proporcionan un vapor tan agradable y provechoso como el incienso desde un altar. Llegados aquí, supongo que se me concederá fácilmente, y habrá de concluirse, que así como la faz de la naturaleza nunca produce lluvia excepto cuando está cubierta de nubes y revuelta, también el entendimiento humano, asentado en el cerebro, tiene que verse agitado y cubierto de vapores que ascienden desde las facultades inferiores para regar la inventiva y hacerla fértil. Ahora bien, aunque estos vapores (como ya se ha dicho) son de origen tan diverso como lo son los de los cielos, la cosecha que producen es diferente tanto en especie como en volumen, simplemente en función del suelo. Expondré dos ejemplos para demostrar y explicar lo que estoy anticipando.