Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Por tanto, habiendo pasado apuradamente a través de esta intrincada dificultad, estoy seguro de que el lector estará de acuerdo conmigo en concluir que si los modernos solo entienden como locura una perturbación o trastorno del cerebro consecuencia de la acción de ciertos vapores procedentes de las facultades inferiores, entonces esta locura ha sido la madre de todas esas grandiosas revoluciones que han tenido lugar en los imperios, la filosofÃa y la religión. Porque el cerebro, en su posición y estado naturales de serenidad, predispone a su dueño a pasar su vida de un modo corriente, sin que piense en someter a las multitudes a su poder, a sus razones o a su visión; y cuanto más conforma su entendimiento a las pautas de la sabidurÃa humana, tanto menos se ve inclinado a formar partidos según sus particulares ideas, porque eso lo instruye en la percepción de sus propias limitaciones, asà como en la terca ignorancia del pueblo. Pero cuando la fantasÃa de un hombre se encarama sobre su propia razón, cuando la imaginación se da de bofetadas con los sentidos, y al común entendimiento, asà como al sentido común, se les echa a patadas, el primer prosélito que consigue es él mismo, y una vez hecho esto ya no es tan difÃcil convencer a otros, al estar siempre presente una fuerte ilusión, tan poderosa desde fuera como desde dentro. Pues la palabrerÃa y las visiones son para el oÃdo y el ojo lo mismo que las cosquillas para el tacto. Esos entretenimientos y placeres que más valoramos en la vida son propicios para el engaño y bromean con los sentidos. Pues si nos detenemos a examinar lo que generalmente se entiende por felicidad, ya sea con respecto al entendimiento o a los sentidos, nos encontraremos con que todas sus propiedades y accesorios caben bajo esta breve definición: es el permanente disfrute de sentirse bien engañado. En primer lugar, con relación a la mente o entendimiento, son manifiestas las poderosas ventajas que la ficción tiene sobre la verdad, y la razón de ello está a nuestro alcance, porque la imaginación puede construir escenas más nobles y producir revoluciones más admirables de lo que la fortuna o la naturaleza podrÃan esforzadamente ofrecernos. No hay que culpar al género humano por una elección que asà le determina, si tenemos en cuenta que el debate simplemente se libra entre cosas pasadas y cosas pensadas, de manera que la cuestión se reduce a esto: de las cosas que tienen lugar en la imaginación no se puede decir, con propiedad, que existan lo mismo que las asentadas en la memoria; lo cual, en justicia, puede considerarse afirmativamente y muy a favor de la primera, ya que la imaginación está reconocida como la matriz de las cosas, mientras que a la memoria se le permite ser tan solo una sepultura. Además, si tomamos esta definición de felicidad y la examinamos con referencia a los sentidos, habrá de reconocerse que es maravillosamente ajustada. ¡Qué borrosos e insÃpidos se nos presentan todos los objetos no transportados por el vehÃculo de la ilusión! ¡Qué encogido se nos aparece todo por el espejo de la naturaleza! AsÃ, si no fuera por la ayuda de medios artificiales, luces falsas, ángulos de refracción, barnices y oropeles, habrÃa una tremenda soserÃa en la felicidad disfrutada por los mortales. Si el mundo considerase eso seriamente, y como tengo mis razones para sospechar que difÃcilmente lo hará, los hombres dejarÃan de contar entre sus más altas cualidades el arte de sacar a la luz debilidades y divulgar flaquezas, una actividad, en mi opinión, ni mejor ni peor que la del desenmascaramiento, de la que, creo yo, nunca se ha permitido hacer un buen uso, tanto en el mundo como en el teatro.