Cuento de un tonel
Cuento de un tonel En la medida en que la credulidad es una propiedad del entendimiento más serena que la curiosidad, así también es preferible esa sabiduría que se queda en la superficie de las cosas a esa presunta filosofía que penetra en el interior de ellas y regresa con toda seriedad con informaciones y hallazgos que en el fondo no sirven para nada. Los dos sentidos requeridos en primer lugar por los objetos son la vista y el tacto, y estos nunca examinan más allá del color, la forma, el tamaño y cualesquiera otras cualidades que residen, o que el arte presenta, en el exterior de los cuerpos; y entonces aparece oficiosamente la razón, con herramientas para cortar, abrir, retorcer y perforar, tratando de demostrar que no tienen la misma consistencia interior. Ahora bien, yo creo que esta es la peor de las maneras de pervertir la naturaleza, una de cuyas leyes eternas es la de exhibir sus mejores galas. Y, por tanto, para ahorrar en el futuro los gastos de tan costoso trabajo anatómico, creo oportuno informar al lector de que en casos como este la razón está en lo cierto, y que, en la mayoría de los seres corpóreos que he llegado a conocer, la parte exterior ha sido infinitamente preferible a la interior, y de ello he quedado aún más convencido por algunas experiencias recientes. La semana pasada vi cómo desollaban a una mujer, y difícilmente creeríais lo mucho que empeoró su persona. Ayer ordené desnudar en mi presencia el cadáver de un petimetre y nos quedamos todos asombrados al ver tantos defectos insospechados bajo las telas de su traje. Luego quedó al descubierto su cerebro, su corazón y el bazo, pero yo veía claramente en cada intervención que cuanto más avanzábamos más aumentaban ante nosotros los defectos en número y tamaño. De ello saqué la conclusión de que todo filósofo o planificador capaz de descubrir cómo soldar y remendar las grietas e imperfecciones de la naturaleza se merece mucho más del género humano y nos enseña una ciencia más útil que esa, tan estimada hoy, de ampliarlas y exhibirlas, como aquel que sostenía que la anatomía era el objetivo final de la medicina. Y a quien su destino e inclinaciones lo hayan colocado en una situación conveniente para gozar de los frutos de este noble arte, y que pueda, como Epicuro, satisfacer sus ideas con las imágenes y las laminillas que vuelan sobre sus sentidos desde la superficie de las cosas, semejante hombre, verdaderamente sabio, se queda con lo mejor de la naturaleza, dejando lo amargo y los posos para que los rebañen la filosofía y la razón. Ese es el punto sublime y refinado de la felicidad, llamado el disfrute de sentirse bien engañado, el sereno y pacífico estado de ser un necio entre bellacos.