Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Ahora bien, no se ha considerado de manera suficiente la deuda que tiene el mundo con los accidentes y circunstancias que se dan en la mayoría de estos nobles escritos que, a cada hora, aparecen para su entretenimiento. Si no fuera por un día lluvioso, una velada de borracho, un ataque de melancolía, un tratamiento médico, un domingo soñoliento, una mala racha con los dados, una larga cuenta del sastre, la bolsa de un mendigo, un cabecilla faccioso, un sol ardiente, una dieta de estreñido, falta de libros y un justo desprecio del saber, si no fuera por esas situaciones, como digo, y algunas otras que sería demasiado largo enumerar (en particular, un prudente descuido en ingerir azufre), me temo que el número de autores y escritos disminuiría hasta un grado que sería triste contemplar. Para confirmar esta opinión, oigamos las palabras del famoso filósofo Troglodita: «Es verdad», dijo, «que algunos granos de locura nos son naturalmente anexos, como parte de la composición de la naturaleza humana; solamente se nos concede la elección de si preferimos llevarlos incrustados o repujados, y no necesitamos ir muy lejos para averiguar cómo suele decidirse esto si recordamos que con las facultades humanas sucede como con los licores, que los más ligeros siempre estarán arriba».