Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Sección XI. Cuento de un tonel

Después de haber vagado por tan ancho ámbito, vuelvo gustoso a retomar mi asunto, y de ahora en adelante seguiré con él con un paso regular hasta el fin de mi recorrido, excepto cuando aparezca un bello paisaje que yo pueda ver desde el camino; y aunque ahora no tengo ni aviso ni expectativas de que tal cosa se produzca, si ocurriera suplicaré el favor y la compañía de mi lector, y que me permita que lo lleve conmigo a lo largo de ese recorrido. Porque en el escribir ocurre como en los viajes: si un hombre tiene prisa por llegar a casa (lo que reconozco que no es mi caso, pues nunca tengo tan poco trabajo como cuando estoy en ella) y su caballo se cansa tras el largo cabalgar y los malos caminos, o porque es por naturaleza un rocín, le aconsejo que lo haga por el camino más corto y más transitado, por sucio que esté; pero seguramente luego tendremos que admitir que un hombre así sería cuando menos un compañero despreciable, puesto que se salpica de lodo, y salpica a sus acompañantes, a cada paso; y los pensamientos de todos, sus deseos y su conversación, se concentran exclusivamente en un asunto: el final de ese viaje; y cada vez que chapotean, se hunden o tropiezan se mandan cordialmente al diablo unos a otros.



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