Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Tenía una lengua tan musculada y hábil que podía retorcerla dentro de su nariz y emitir desde allí un extraño tipo de habla. Fue también el primero en estos reinos que se puso a perfeccionar el arte español del rebuzno, y como tenía grandes orejas, siempre expuestas y erectas, llevó su arte a tal perfección que era cosa de gran dificultad distinguir, por la vista o por el oído, entre el original y la imitación.

Sufría de una dolencia que podría ser la opuesta a la llamada «picadura de la tarántula» y que le hacía escapar como perro rabioso si oía música, especialmente si se trataba de un par de gaitas. Pero se volvía a curar dándose dos o tres vueltas por Westminster Hall, por Billingsgate, por un internado, o por la Bolsa, o por un café oficial.

Era una persona que no temía a ningún color pero que odiaba mortalmente a todos y que, a cuenta de ello, demostraba una cruel aversión hacia los pintores, hasta el punto de que, en su paroxismo, cuando iba por la calle solía llevar los bolsillos cargados de piedras para arrojarlas contra los rótulos.

Al tener, dada su manera de vivir, frecuente ocasión de lavarse, se lanzaba a menudo de cabeza al agua, aunque fuera en pleno invierno, pero siempre se le veía salir mucho más sucio, si cabe, que al entrar.


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