Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Esto lo expongo como modelo de la gran elocuencia de Juan, y de la fuerza de su razonamiento sobre materias tan abstrusas.
Era una persona, además, de grandes propósitos y afán de perfección en asuntos de devoción, y había introducido una nueva deidad, adorada desde entonces por gran número de seguidores, llamada por algunos Babel, por otros Caos, y que tenía un antiguo templo de estructura gótica en la llanura de Salisbury, famoso por su santuario y por la devoción de sus peregrinos.
Cuando se le ocurría alguna travesura, se ponía de rodillas, levantaba los ojos al cielo y se entregaba a la oración, aunque fuera en medio del arroyo. Entonces sucedía que los que conocían sus chanzas se aseguraban de ponerse lo más lejos posible de su camino, y si la curiosidad atraía a los forasteros a reírse o a escucharlo, él, de repente, sacaba el aparato con una mano y les orinaba de lleno en los ojos, y con la otra les salpicaba de barro.
En invierno iba siempre con ropa suelta y desabotonada, y tan fina como le era posible, para que le penetrara el calor ambiental, y en verano se envolvía bien con ropa gruesa para impedir que entrara.
En todos los cambios de gobierno solicitaba el cargo de verdugo general, y en el desempeño de esa dignidad, en la que era muy diestro, la única máscara que utilizaba era una larga oración.