Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cerraba los ojos cuando caminaba por las calles, y si ocurría que se daba con la cabeza contra un poste o que se caía al canalillo (y rara vez dejaba de sucederle una de las dos cosas), les decía a los burlones aprendices que lo miraban que él lo aceptaba con total resignación, como si se tratara de un tropezón o un golpe del destino, contra el que sabía, por larga experiencia, que era inútil luchar o pelearse, y cualquiera que intentara una u otra cosa podría estar seguro de salir tambaleándose y acabar por tierra o sangrando por la nariz. «Estaba ya escrito», decía entonces, «algunos días antes de la creación que mi nariz y este poste iban a colisionar, así que la naturaleza pensó que era adecuado enviarnos a los dos al mundo en la misma época, haciéndonos compatriotas y conciudadanos. Ahora bien, si yo hubiera ido con los ojos abiertos, es muy probable que el asunto habría salido bastante peor, pues ¿cuántos malditos resbalones sufre cada día el hombre con todas las precauciones que lo rodean? Además, los ojos del entendimiento ven mejor cuando los de los sentidos están apartados del camino, y por eso se ha observado que los ciegos miden sus pasos con mucho mayor cuidado, dirección y juicio que quienes prestan mucha mayor confianza a las virtudes del nervio visual, que puede estropearse con cualquier pequeño accidente, y al que una mota o una pizca de algo pueden perturbar completamente, como una linterna entre un grupo de matones rugientes cuando recorren las calles, que se expone, y expone a su portador, a las patadas y zarandeos que le lleguen y que ambos hubieran podido evitar si la vanidad de mostrarse les hubiera permitido caminar por la oscuridad. Por lo demás, si examinamos el rumbo de estas luces comprobaremos que resulta bastante peor que su fortuna. Es verdad que me he roto la nariz contra ese poste, porque la fortuna olvidó, o no creyó conveniente, darme un codazo para avisarme de que lo esquivara. Pero no animemos a los contemporáneos o a la posteridad a confiar sus narices al cuidado de los ojos, lo que puede resultar el mejor de los modos de perderlas para siempre. Así que, ¡oh, vosotros, los ojos! ¡Vosotros, ciegos guías! Miserables guardianes que sois de nuestras frágiles narices, vosotros, repito, que os aferráis al primer precipicio a la vista y luego arrastráis a nuestros desdichados y voluntariosos cuerpos tras vosotros hasta el borde de la destrucción; pero, ¡ay!, ese borde está podrido, nuestros pies resbalan, y nos precipitamos de cabeza en la sima sin un acogedor matorral por el camino que mitigue la caída; una caída que ninguna nariz de mortal puede aguantar, excepto la del gigante Laurcalco, que fue señor del Puente de Plata. Acertadamente, por tanto, ¡oh, ojos!, y con toda justicia, se os puede comparar con esos fuegos fatuos que conducen a los hombres por entre el lodo y la oscuridad hasta que caen en un hoyo profundo o en un fétido cenagal».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker