Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Adoptó para su religión la costumbre de no bendecir nunca la mesa, y nadie consiguió persuadirle de que, como vulgarmente se dice, comiera como Dios manda.
Mostraba un extraño apetito por las bocas de dragón y por las cenicientas emanaciones de una vela encendida, que solía atrapar y tragar con una facilidad difícil de imaginar. Y, mediante este procedimiento, mantenía una especie de llama permanentemente viva en su vientre, que soltaba, como un vapor resplandeciente, por ojos, nariz y boca, haciendo que en la oscuridad de la noche su cabeza pareciera la calavera de un asno, en la que un travieso muchacho pone una vela de a cuarto de penique para terror de los súbditos de su majestad. De manera que no utilizaba otro recurso para alumbrar su vuelta a casa; es más, solía decir que un hombre sabio es su propia linterna.