Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Juan se había hecho con una copia auténtica del testamento de su padre, extendida sobre una amplia pieza de pergamino, y decidido a desempeñar el papel de hijo responsabilísimo, se convirtió en la criatura más entusiasta imaginable del documento. Pues aunque, como ya he contado con frecuencia al lector, este consistía en determinadas instrucciones sencillas y fáciles de cumplir sobre el modo de cuidar y vestir sus casacas, con disposiciones y castigos en caso de obediencia o descuido, sin embargo él comenzó a albergar una fantasía por la que dedujo que el asunto era más profundo y oscuro, y que por tanto tenía que existir mucho más misterio en su fondo. «Caballeros», dijo, «voy a demostrar que este trozo de pergamino es alimento, bebida y tela, es la piedra filosofal y es la panacea universal». Y como consecuencia de semejantes desvaríos, decidió hacer uso de él tanto en los casos de verdadera necesidad como en los trances más nimios de la vida. Conseguía darle la forma que más le convenía, de manera que lo mismo le servía de gorro de dormir al irse a la cama que de paraguas con tiempo lluvioso. Se podía envolver un pie dolorido con un trozo, o, si le daba un ataque, quemaba un par de pulgadas bajo su nariz; o, si algo le producía pesadez de estómago, raspaba la piel y del polvo desprendido tragaba una dosis como para cubrir un penique de plata: todos ellos eran remedios infalibles. En consonancia con estos refinamientos, su charla y su conversación habituales discurrían por completo por la literalidad de su testamento, circunscribiendo lo mejor de su elocuencia a ese guion, sin atreverse a dejar escapar ni una sílaba fuera de tal autoridad. En una ocasión, en una casa ajena, se vio de repente agobiado por una necesidad inaplazable, sobre la que no sería adecuado extenderse en pormenores, y al no ser capaz de recordar, con la prontitud que requiere el caso, una frase adecuada para preguntar el camino del retrete, prefirió, como solución más prudente, cometer la falta que suele acontecer en tales situaciones. Ni toda la retórica de la humanidad junta le pudo convencer de que volviera a limpiarse, pues tras consultar acerca de esa emergencia en el testamento, se encontró con un pasaje cerca del final (no se sabe si añadido por el copista) que parecía prohibirlo.


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