Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Con esta breve reseña sobre la decadencia de las orejas en los últimos tiempos, y la escasa atención prestada al fomento de su antiguo desarrollo en el presente, se pone de manifiesto lo débiles que pueden ser nuestras razones para fiarnos de un asidero tan corto, tan débil y tan resbaladizo, y que quien desee tener a la humanidad bien sujeta tendrá que recurrir a otros métodos. Ahora bien, aquel que contemple a la naturaleza humana con la suficiente prudencia podrá descubrir varios asideros, de los cuales les corresponden a los seis sentidos uno a cada uno, además de la gran cantidad de ellos que están atornillados a las pasiones y de unos pocos clavados al intelecto. De estos últimos, uno es la curiosidad, que es el que tiene la mayor firmeza de todos; la curiosidad, esa espuela en los ijares, esa brida en la boca, ese anillo en la nariz de un lector perezoso, impaciente y gruñón. Mediante este asidero es como un autor debe apoderarse de sus lectores, pues tan pronto como los tiene atrapados toda resistencia y lucha serán vanas, y ellos pasarán a ser sus prisioneros, tanto como se le antoje, hasta que el cansancio o la monotonía lo obliguen a soltar su presa.