Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Y por lo tanto, yo, el autor de este maravilloso tratado, habiendo mantenido hasta ahora, más allá de toda expectativa, mediante el mencionado asidero, una firme sujeción de mis gentiles lectores, me veo al fin obligado, muy a mi pesar, a aflojar mi presa, y a dejarlos, durante la atenta lectura de lo que queda, sumidos en esa natural somnolencia inherente a su tribu. Solo puedo asegurarte, cortés lector, para consuelo de ambos, que mi preocupación es en todo igual a la tuya por la desgracia de haber perdido, o extraviado entre mis papeles, la parte que falta de estas memorias, que consistía en accidentes, sucedidos y aventuras, al tiempo nuevas, amenas y sorprendentes, y por tanto previstas para agradar debidamente al delicado gusto de esta época nuestra, tan noble. Pero, ay, pese a mis grandes esfuerzos, solo he sido capaz de retener unos pocos epígrafes, bajo los cuales se daba buena cuenta de cómo Pedro obtuvo el amparo de los tribunales del rey, así como de una reconciliación entre él y Juan, a raíz del plan que urdieron, en cierta noche de lluvia, de hacer encerrar a su hermano Martín en una cárcel de deudores y allí despojarle de todo; de cómo Martín, con mucho jaleo, les enseñó a ambos un buen par de talones; cómo tuvo lugar una nueva orden contra Pedro, a raíz de la cual Juan lo dejó en la estacada, le robó su carta de amparo y la utilizó en su propio favor; cómo los harapos de Juan se pusieron de moda en la corte y la ciudad; cómo montaba un hermoso caballo y comía natillas. Pero los pormenores de todo esto, junto a otros más que ahora se han escapado de mi memoria, se han perdido sin esperanza de poder recobrarlos. Ante tal desgracia, y dejando a mis lectores compadeciéndose mutuamente, en la medida en que lo vean compatible con sus diversos temperamentos, pero instándoles, en nombre de la amistad que ha fluido entre nosotros desde la portada de la obra hasta esta página, a que no sigan adelante, no vaya a ser que su salud sufra algún accidente irreparable. Y ahora procedo a cumplir con la parte ceremonial de un escritor consumado, o sea de uno a la vez moderno y cortés, y que sería la última en ser omitida.


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