Cuento de un tonel
Cuento de un tonel El excesivo retraso es una causa de aborto tan efectiva, aunque no tan frecuente, como el excesivo adelanto, y sigue siendo verdad de manera especial en lo que respecta a los trabajos del cerebro. Bendito sea aquel noble jesuita que fue el primero en atreverse a reconocer en letra impresa que los libros deben adecuarse a las distintas estaciones, como la vestimenta, la alimentación y las diversiones. Y más bendita sea nuestra noble nación por haber mejorado ese concepto, que, entre otras modas, vino de Francia. Vivo deprisa, para ver cómo el día en que un libro que sale fuera de tiempo pasa inadvertido, como la luna por el día o como la caballa una semana después de temporada. No ha habido hombre que haya tenido en cuenta con tanto cuidado el clima como el editor que me compró el manuscrito de esta obra; él sabe con todo detalle qué temas van a venderse mejor en un año seco y cuál es el propicio para hacerlo destacar cuando el barómetro señala que va a llover en abundancia. Cuando hubo visto este tratado, y consultado debidamente su almanaque, me hizo saber que había considerado seriamente los dos elementos principales, que eran las dimensiones y el asunto de la obra, llegando a la conclusión de que nunca tendría aceptación excepto después de un largo plazo de descanso y solamente en caso de coincidir con un mal año de nabos. Entonces quise saber, considerando mis urgentes necesidades, qué podría, según él, ser aceptable este mes. Miró hacia el oeste y dijo: «No sé si vamos a tener una ola de mal tiempo, pero si pudierais preparar alguna cosita divertida (pero no en verso) o un breve tratado sobre […], correría como un reguero de pólvora. Pero si sigue haciendo bueno, tengo ya apalabrado a un autor para que escriba algo contra el doctor Bentley, lo que estoy seguro que merecerá la pena».
