Cuento de un tonel
Cuento de un tonel En mi disposición de ocupaciones del cerebro he pensado que la inventiva sea la que mande, y dar a la razón y al método el papel de lacayos suyos. La razón de tal distribución se debe a haber observado que, en mi caso particular, tenía a menudo la tentación de ser ingenioso en las ocasiones en las que no podía ser ni docto ni sensato ni ninguna otra cosa sobre el asunto en cuestión. Y me debo demasiado a lo moderno como para despreciar oportunidades semejantes, por muchas penurias e incorrecciones que me cueste aprovecharlas. Pues tengo observado que, tras haber recopilado laboriosamente setecientos treinta y ocho dichos y frases brillantes de los mejores autores modernos, condensados tras atenta lectura en mi cuaderno de anotaciones, después de cinco años no he sido capaz, ni siquiera forzando, de utilizar más de una docena en una conversación corriente. Y de esa docena la mitad no tuvo éxito, por haberse empleado entre gente incapaz de apreciarla, y la otra mitad me costó tantos esfuerzos, trampas y circunloquios poderla introducir que al final decidí dejarlo. Ahora bien, esta desilusión (y revelo un secreto) tengo que reconocer que fue lo primero que me predispuso a ser un autor, y desde entonces he averiguado, junto a ciertos amigos míos, que eso se ha convertido en un caso muy generalizado y que ha producido los mismos efectos en muchos otros. Pues también tengo observado que más de una expresión afortunada, que había sido admitida con fluidez y hasta con cierta consideración y estima, tras su promoción y sanción por la imprenta, ha sido luego completamente desatendida o despreciada en la conversación. Pero ahora que, por la libertad y el estímulo que proporciona la imprenta, soy dueño absoluto de las situaciones y oportunidades de exhibir las cualidades que he adquirido, ya he descubierto que las salidas de mi inventario de observaciones empiezan a ser mucho más grandes que las entradas. Por lo tanto, me detendré aquí algún tiempo, hasta que averigüe, tomándole el pulso a la gente y a mí mismo, si es de absoluta necesidad para ambos que yo vuelva a empuñar la pluma.