Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Al alcanzar la edad adecuada para reproducirse, llegaron a una ciudad y quedaron prendados de las damas que allí había, pero en especial de tres, que por entonces gozaban de la mayor reputación: la duquesa d’Argent, la señora des Grands Titres y la condesa d’Orgueil[9]. En su primer encuentro, nuestros tres aventureros obtuvieron un mal recibimiento; pero, al adivinar enseguida y sagazmente la razón de ello, empezaron rápidamente a beneficiarse de las grandes cualidades de la ciudad: escribían, se relacionaban, hacían versos, cantaban, y decían y no decían; y bebían, se peleaban, fornicaban, dormían, juraban y tomaban rapé; iban al estreno de obras de teatro, frecuentaban las chocolaterías, se pegaban con la guardia, se acostaban en cualquier sitio y cogían purgaciones; y estafaban a cocheros, se endeudaban con tenderos y se acostaban con sus mujeres; y mataban alguaciles, echaban a patadas por la escalera a músicos, comían en Locket’s y holgazaneaban en Will’s; y hablaban de algún salón al que nunca fueron; cenaban con señores a los que nunca vieron; cuchicheaban con una duquesa, pero sin decir ni una palabra; mostraban los garabatos de su lavandera como si fueran valiosas cartas de amor; acababan de llegar de la corte, pero nunca se les vio en ella; asistían al besamanos sub dio; aprendían de memoria una lista de nobles en una reunión y la soltaban con gran familiaridad en otra. Pero, sobre todo, asistían continuamente a los comités de esos senadores que están callados en la Cámara pero que vociferan en el café, al que se trasladan al llegar la noche para rumiar la política, acompañados por un corro de discípulos a la espera de recoger sus desperdicios. Los tres hermanos adquirieron otras cuarenta cualidades de parecida estofa que sería tedioso enumerar, y por consiguiente fueron considerados justamente como las personas más expertas de la ciudad; pero todo ello no fue suficiente, y las damas ya mencionadas siguieron manteniéndose inflexibles. Para explicar tal inconveniente tengo que recurrir, con la licencia y la paciencia del lector, a ciertos argumentos de peso que los autores de esa época no han ilustrado suficientemente.


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