Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Por aquel tiempo apareció una secta cuyos principios prevalecieron y alcanzaron gran difusión, especialmente en el grand monde y entre todos quienes estaban de moda. Adoraban a una especie de ídolo, el cual, según su doctrina, creaba hombres diariamente mediante una especie de procedimiento industrial. Colocaban a ese ídolo en la parte más alta de la casa, sobre un altar de unos tres pies de alto, y lo mostraban en la postura de un emperador persa, sentado y con las piernas cruzadas. Esta deidad tenía un ganso a modo de enseña, de lo que algunos eruditos pretenden deducir que tenía su origen en el Júpiter Capitolino. A su izquierda, bajo el altar, parecía que se abría el infierno, que atrapaba a los animales que el ídolo iba creando; para impedirlo, algunos de sus sacerdotes, cada hora, arrojaban dentro trozos de la masa informe, o sustancia, y a veces miembros completos ya animados, que aquella horrible sima tragaba insaciablemente, lo que aterraba contemplar. El ganso también era considerado una divinidad subalterna, o deus minorum gentium, ante cuyo altar se sacrificaba a aquella criatura cuyo alimento, cada hora, consistía en sangre humana, y que tiene tanto renombre en el mundo por ser el deleite favorito del cercopiteco egipcio. A millones de estos animales se les mataba cruelmente cada día para aplacar el hambre de aquella insaciable deidad. Al ídolo principal se le adoraba también como inventor de la vara de medir y de la aguja. No se ha aclarado suficientemente si era como dios de los navegantes o a cuenta de otros atributos místicos.


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