Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Sección I. La introducción

Todo el que aspire a ser oído entre la muchedumbre tiene que apretar, estrujar, empujar y trepar, con tremendo esfuerzo, hasta lograr alzarse a sí mismo hasta un cierto grado de altura sobre los demás. Ahora bien, en todas las asambleas, por apretadas que estén, podemos observar esta peculiar propiedad: que sobre sus cabezas hay espacio más que suficiente, pero que lo difícil es cómo alcanzarlo, al ser tan arduo conseguir librarse de la multitud como del infierno.

—evadere ad auras,

Hoc opus, hic labor est[1].

Con este fin, el método del filósofo, en todas las épocas, ha consistido en levantar ciertos edificios en el aire: pero, sea cual sea la práctica y la reputación que hayan tenido o puedan seguir teniendo ese tipo de estructuras anteriormente, sin exceptuar ni siquiera la de Sócrates, cuando fue suspendido en un cesto para facilitarle la contemplación, creo, humildemente, que las mismas parecen ofrecer dos inconvenientes. El primero, que al haberse colocado sus fundamentos a demasiada altura, quedan a menudo fuera de la vista, y siempre fuera del alcance del oído. El segundo, que sus materiales, al ser un tanto provisorios, han sufrido mucho las inclemencias del tiempo, en especial en estas regiones del noroeste.


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