Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Porque estos tenían colas de pez, pero ocasionalmente podían superar en el aire a cualquier ave. Pedro encargó a estos toros diversas tareas. A veces les hacía que mugiesen para asustar a los muchachos traviesos y que así se apaciguaran. Otras veces los enviaba a hacer recados de gran importancia, en los que, y es maravilloso contarlo (y tal vez el precavido lector pensaría mucho si creérselo), un appetitus sensibilis que derivaba de los nobles antepasados de su familia, guardianes del vellocino de oro les hacía seguir siendo tan adictos al oro que si Pedro los enviaba lejos, aunque solo fuera como formalidad, se ponían a bramar, a escupir, a eructar, a mear, a pedorrear, a destilar fuego y a dar una perpetua tabarra, hasta que uno les arrojaba un poco de oro; entonces, pulveris exigui jactu, se quedaban tranquilos y en calma como corderos. En resumen, ya fuese por secreta connivencia o por estímulo de su amo, o por su propio y lascivo deseo de oro, o por ambas cosas, lo cierto es que no eran mejores que una especie de pesados y fanfarrones pordioseros; y que allá donde no conseguían obtener una limosna, hacían que las mujeres abortasen y que se pusieran histéricos los niños, los cuales hasta hoy mismo suelen dar el nombre de bulderos a duendes y a trasgos. Finalmente se hicieron tan molestos para el vecindario que algunos caballeros del noroeste reunieron una jauría de auténticos bull-dogs ingleses y los acosaron de un modo tan terrible que lo estuvieron sintiendo el resto de sus días.


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