Cuento de un tonel
Cuento de un tonel No me será difícil persuadir al lector de que tantos y tan valiosos descubrimientos obtuvieron un gran éxito en el mundo, aunque puedo asegurarles justamente que he hecho mención del más breve número de ellos; mi intención ha sido la de escoger solamente los que serían de mayor beneficio en su pública imitación, o los que mejor servirían para dar una idea de la grandeza y el ingenio de su inventor. Y por lo tanto no sería necesario preguntarse si por estas fechas el señor Pedro se había hecho sumamente rico. Pero, por desgracia, se había devanado los sesos tanto tiempo y con tal violencia que acabó por desvariar, y empezó a dar vueltas buscando un poco de alivio. En resumen, que con toda su soberbia, sus propósitos y su bellaquería, el pobre Pedro se volvió un perturbado y empezó a concebir las más extrañas fantasías del mundo. En lo más culminante de sus ataques, como suele ocurrir con los que se vuelven locos debido a la soberbia, se llamaba a sí mismo Dios Todopoderoso, y a veces monarca del universo. Yo le he visto (me dice mi autor) tomar tres viejos sombreros de copa alta y encasquetárselos todos en la cabeza, formando tres pisos, con un gran manojo de llaves en su cintura y una caña de pescar en la mano. De esta guisa, a quienquiera que fuera a darle la mano a modo de saludo, Pedro, con mucha elegancia, como un spaniel bien amaestrado, le ofrecía el pie, y si el tipo le rechazaba esa cortesía, levantaba ese pie y le daba una buena patada en la boca, lo que desde entonces ha sido llamado una salutación. A los que pasaran ante él sin ofrecerle los debidos cumplidos, como tenía una formidable capacidad pulmonar, les lanzaba un soplido que les quitaba el sombrero y se lo tiraba al suelo. Mientras tanto, sus asuntos domésticos iban de mal en peor y sus dos hermanos llevaban una vida desdichada; aquí su primera boutade fue la de echar a la calle una mañana a sus dos esposas, y a la suya también; y dio órdenes de poner en su lugar a las tres primeras paseantes con las que pudieran encontrarse por las calles. Un rato después cerró la puerta de la bodega con clavos y no permitió a sus hermanos que tomasen ni una gota de bebida en las comidas. Un día que cenaba en casa de un concejal de la ciudad, Pedro observó cómo se extendía en elogios, al modo de sus correligionarios, sobre el solomillo de vaca. «La vaca», decía el docto magistrado, «es la reina de las carnes, pues la vaca comprende la quintaesencia de la perdiz, de la codorniz, del venado, del faisán, del pastel de ciruelas y de las natillas». Cuando Pedro volvió a casa tuvo el capricho de llevar esa doctrina a la práctica y de aplicar el precepto, a falta de un solomillo, a su hogaza de pan moreno. «El pan», decía, «queridos hermanos, es el báculo de la vida, en el cual está contenida la quintaesencia de la carne de vaca, del cordero, de la ternera, del venado, de la perdiz, del pastel de ciruelas y de las natillas; y, para completarlo todo, hay en él entremezclada una debida cantidad de agua, cuya insulsez está corregida a su vez por levaduras, mediante las cuales se convierte en un saludable licor fermentado que se difunde a través de toda la masa del pan». Basándose en estas conclusiones, al día siguiente se sirvió en la cena el pan moreno con toda la formalidad de un banquete cívico. «Venid, hermanos», dijo Pedro, «comed y saciaos, tenemos aquí un cordero excelente; o esperad, ahora que lo tengo a mano, os ayudaré». Y diciendo esto, con mucho ceremonial, con cuchillo y tenedor, cortó dos buenas rebanadas de la hogaza y se las ofreció sobre un plato a sus hermanos. El mayor de los cuales, al no entender bien la idea del señor Pedro, trató de indagar en aquel misterio dirigiéndose a él con muy cortés lenguaje. «Mi señor», dijo, «con la mayor humildad, dudo si no hay aquí algún error». «¡Cómo!», dijo Pedro, «tú bromeas; vamos, cuéntanos ese chiste que tienes en la cabeza». «No lo hay, mi señor, pero a menos que esté yo muy engañado, su señoría se ha servido utilizar hace un momento la palabra cordero, y a mí me gustaría verlo de todo corazón». «¡Cómo!», dijo Pedro, mostrando gran sorpresa. «No comprendo esto en absoluto». Ante lo cual, el hermano menor, para aclarar las cosas, intervino: «Mi señor», dijo, «supongo que mi hermano tiene hambre y está deseando disfrutar del cordero que su señoría nos prometió para cenar». «Os ruego», dijo Pedro, «que me toméis en serio; o bien estáis los dos locos, o dispuestos a más bromas de lo que puedo admitir; si no os gusta el trozo que os he dado, os cortaré otro, aunque yo diría que es la mejor porción de la paletilla». «Entonces, mi señor», replicó el primero, «¿acaso seguimos aún ante una paletilla de cordero?». «Os ruego, señor», dijo Pedro, «que comáis vuestras vituallas y os dejéis de impertinencias, si os place, pues ahora no estoy dispuesto a disfrutarlas». Pero el otro no pudo contenerse, al sentirse más que provocado por la afectada seriedad de la expresión de Pedro: «Por Dios, mi señor», dijo, «solo puedo decir que para mis ojos, mis dedos, mis dientes y mi nariz, no parece ser otra cosa que un mendrugo de pan». A lo que añadió el segundo: «Nunca en mi vida había visto un trozo de cordero que se pareciera tanto a una rebanada de una hogaza de doce peniques». «Alto ahí, caballeros», exclamó furioso Pedro, «para convenceros de qué pareja de cachorros ciegos, ingenuos, ignorantes y testarudos sois, usaré este sencillo argumento: por Dios que este es un cordero auténtico, bueno y natural como cualquier otro de los del mercado de Leadenhall; y que Dios os confunda eternamente si perseveráis en creer otra cosa». Tan tremenda prueba como esa no dejaba lugar a más objeciones; los dos descreídos empezaron entonces a desdecirse de su error tan rápidamente como pudieron. «Ciertamente», dijo el primero, «tras considerarlo con más sosiego…». «Ah, sí», le interrumpió el otro, «pensándolo mejor, su señoría parece tener bastante razón». «Muy bien, muchacho», dijo Pedro, «lléname con clarete este vaso de cerveza; brindo por vosotros con todo mi corazón». Los dos hermanos, encantados de verle apaciguado con tanta rapidez, le dieron las gracias humildemente y dijeron que tendrían mucho gusto en brindar por su señoría. «Que así sea», dijo Pedro, «no soy persona que os vaya a rechazar nada que sea razonable: el vino, bebido con moderación, es reconfortante; aquí tenéis un vaso para cada uno: es auténtico jugo natural de la vid, nada de esos destilados de vuestros malditos vinateros». Tras decir esto, volvió a ofrecerles a cada uno de ellos otro gran mendrugo seco, pidiéndoles que lo comieran y no fueran tímidos, puesto que no les iba a hacer daño. Los dos hermanos, tras cumplir con el procedimiento habitual en tan delicadas coyunturas, es decir, mirar fijamente durante el tiempo suficiente al señor Pedro y luego el uno al otro, y sopesando cómo iban a sucederse las cosas, decidieron no dar lugar a una nueva discusión, sino que dejaron que siguiera su punto de vista como le placiera, ya que ahora se encontraba en uno de sus ataques de locura, y seguir argumentando o protestando solo serviría para volverlo cien veces más intratable.