Cuento de un tonel

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Sin embargo, es cierto que el señor Pedro, en el transcurso de su conversación corriente, incluso en sus intervalos lúcidos, era muy dado a ser procaz y extremadamente testarudo y obcecado, pretendiendo a cualquier precio discutir hasta la muerte antes que admitir ni una sola vez que estaba equivocado. Además, tenía la abominable facultad de decir mentiras manifiestas en cualquier ocasión, y no solo jurando que eran verdad sino mandando al infierno a todo el mundo si se le demostraba el menor escrúpulo en creerlo. Una vez juró que tenía una vaca en casa que le proporcionaba tanta leche como para llenar tres mil iglesias; y, lo que era aún más extraordinario, que nunca se agriaba. Otra vez habló de un viejo poste indicador que perteneció a su padre y contenía madera y clavos suficientes para construir dieciséis naves de guerra. Un día que se hablaba de carretas chinas que por su ligereza podían sobrevolar montañas, dijo Pedro: «Pardiez, ¿qué hay de extraño en eso? Juro por Dios que una vez vi una gran casa de piedra y cal trasladarse sobre mar y tierra (que a veces se detenía para avituallarse) a lo largo de más de dos mil leguas alemanas». Y lo bueno del caso es que mientras tanto juraba desesperadamente que nunca en su vida había dicho una mentira; y no paraba de decir: «Juro por Dios, caballeros, que no estoy contando más que la verdad, y que el diablo aplique el fuego eterno a quienes no me crean».


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