Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Con este fin, desde hace algún tiempo y con infinidad de esfuerzo y de artes, he diseccionado el cadáver en que consiste la naturaleza humana y leído múltiples lecturas útiles sobre sus diversas partes, tanto de las continentes como de las contenidas, hasta que finalmente olía tan mal que no pude conservarlo más tiempo. A raíz de ello me he dedicado con ahínco a hacer que encajaran todos los huesos en su exacto contexto y con la debida simetría; de manera que estoy preparado para mostrar una completa anatomía de lo estudiado a todos los caballeros con interés en ello, así como a otros. Pero para no hacer una digresión adicional en medio de otra, como he sabido que hacen algunos autores, que encadenan digresiones como cajas dentro de otras, afirmo que, habiendo hecho la cuidadosa disección de la naturaleza humana me he encontrado con un muy extraño, nuevo e importante descubrimiento: que el bien público de la humanidad puede ejercerse de dos maneras: mediante la instrucción y mediante la diversión. Y además he comprobado, en las diversas lecturas mencionadas (que tal vez pueda el mundo ver un día si soy capaz de que algún amigo robe una copia o que ciertos caballeros, de entre mis admiradores, sean muy insistentes), que, dada la actual predisposición del género humano, este recibe mucho mayor provecho cuando se le divierte que cuando se le instruye, al ser sus enfermedades epidémicas la quisquillosidad, la amorfia y el bostezo, en tanto que en el presente imperio universal del ingenio y el conocimiento parece haber quedado poca sustancia para la instrucción. Sin embargo, siguiendo una recomendación muy antigua y autorizada, he intentado llevar el argumento hasta su máxima expresión, y en consecuencia, a lo largo de este tratado celestial, he combinado hábilmente ambos conceptos, alternando una capa de utile con otra capa de dulce.