Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Cuando vengo a considerar cuán brillantemente han eclipsado nuestros ilustres modernos las débiles y trémulas luces de los antiguos, situándolos fuera de la ruta de todo comercio a la moda, hasta el punto de que los mejores ingenios de nuestra ciudad, los de obras más refinadas, discuten con total seriedad si alguna vez ha habido o no antiguos, aspecto este en el que probablemente obtendremos cumplida satisfacción fruto de los utilísimos esfuerzos y elucubraciones de ese honorable moderno, el doctor Bentley; como digo, cuando considero todo esto, no puedo menos que lamentar que ningún moderno famoso haya ideado hasta hoy, en un pequeño volumen portátil, un sistema universal de todas las cosas que hay que conocer, o creer, o imaginar, o practicar en la vida. No obstante, tengo que reconocer que semejante empresa ya la pensó hace algún tiempo un gran filósofo de O-Brazile. El método que proponía, basado en cierta curiosa receta, era una panacea que yo encontré entre sus papeles tras su intempestiva muerte, y que, llevado por mi gran afecto por los sabios modernos, ofrezco aquí a estos, al no dudar de que algún día pueda estimular a alguien digno de llevarlo a la práctica.