Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Tengo que admitir que fue gracias a la ayuda de ese arcano como me aventuré a una empresa tan arriesgada, nunca antes lograda o emprendida, salvo por un autor llamado Homero, en quien, a pesar de ser persona que no carecía de algunas capacidades y, para ser un antiguo, de un talento tolerable, he descubierto muchos errores de bulto que no pueden perdonarse ni a sus cenizas, si acaso queda algo de ellas. Porque si bien se nos asegura que diseñó su obra de modo que formara un cuerpo completo de todo el conocimiento, ya fuera humano, divino, político o mecánico, es patente que desatendió por completo algunos de ellos, y que fue un tanto imperfecto con el resto. Pues, en primer lugar, si era tan eminente cabalista como sus discípulos nos lo representan, su exposición del opus magnum es sumamente pobre y deficiente, parece haber leído solo superficialmente a Sendivogius, a Behmen o la Antroposofía Teomágica. También está bastante equivocado respecto a la sphaera pyroplastica, un descuido imperdonable; y si el lector va a admitir tan grave reprobación vix crederem autorem hunc, unquam audivisse ignis vocem[22]. Sus fallos son no menos prominentes en diversas partes de la mecánica, pues después de haber leído sus escritos con la máxima dedicación, habitual entre los ingenios modernos, jamás pude descubrir la menor explicación sobre la estructura de ese útil instrumento que es la palmatoria, a falta del cual, si los modernos no nos hubieran asistido, podríamos seguir deambulando en la oscuridad. Pero todavía me queda un fallo aún más notable con el que señalar a este autor; me refiero a su gran ignorancia de las leyes consuetudinarias de este reino, y de la doctrina y disciplina de la Iglesia de Inglaterra. Un defecto por el que ciertamente tanto él como todos los antiguos han sido muy justamente censurados por mi digno e ingenioso amigo míster Wotton, licenciado en Teología, en su incomparable Tratado de Conocimiento Antiguo y Moderno, un libro nunca suficientemente valorado, si tenemos en cuenta las felices expresiones y la fluidez del ingenio de su autor, la gran utilidad de sus sublimes descubrimientos en materia de moscas y de baba, o la elaborada elocuencia de su estilo. Y no puedo menos que hacer justicia a este autor con mi público reconocimiento a la gran ayuda y las excelencias que he obtenido de su incomparable obra mientras estaba escribiendo este tratado.