Escritos subversivos
Escritos subversivos Le agradecí a Su Honor la buena opinión que había concebido de mí, pero le aseguré, al mismo tiempo, que provenía de la clase baja, de padres sencillos y honestos que apenas fueron capaces de darme una educación tolerable. Le dije que la nobleza[55] era entre nosotros una cosa totalmente distinta de la idea que él tenía de ella: que nuestros jóvenes nobles son educados desde la niñez en la haraganería y la lujuria; que tan pronto como la edad se lo permite, consumen su vigor y contraen odiosas enfermedades entre mujeres lascivas; y que cuando ya están casi arruinados, se casan, solamente por amor al dinero, con alguna mujer de cuna humilde, personalidad desagradable y constitución enfermiza, a la que odian y desprecian. Que los productos de semejantes uniones son generalmente niños escrofulosos, raquíticos o deformes, razón por la cual la familia raramente se prolonga por más de tres generaciones, a menos que la esposa se cuide de proveerse de un padre sano entre sus vecinos o domésticos, con el fin de mejorar y prolongar la casta. Que un cuerpo enclenque y enfermo, un magro continente y una complexión cetrina son las verdaderas señales de sangre noble, y una apariencia saludable y robusta resulta tan oprobiosa para un hombre de calidad, que el mundo deduce que su padre real fue un mozo de cuadra o un cochero. Las imperfecciones de su mente corren parejas con las de su cuerpo: se trata de una mezcla de mal humor, somnolencia, ignorancia, capricho, sensualidad y engreimiento.