Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Nada me enfurecía y mortificaba tanto como el enano de la reina, el cual, siendo de la más baja estatura que nunca se vio en aquel país -pues, en verdad, creo que no llegaba a los treinta pies-, se tornó insolente al ver una criatura tan por bajo de él, de modo que siempre hacía el baladrón y el buen mozo al pasar por mi lado en la antecámara cuando yo estaba de pie en alguna mesa hablando con los caballeros y las damas de la corte, y rara vez dejaba de soltar alguna palabra punzante a propósito de mi pequeñez, de lo cual sólo podía vengarme llamándole hermano, desafiándole a luchar y con las agudezas acostumbradas en labios de los pajes de corte. Un día, durante la comida, este cachorro maligno estaba tan amostazado por algo que le había dicho yo, que, subiéndose al palo de la silla de Su Majestad la reina, me cogió por mitad del cuerpo, conforme yo estaba sentado, totalmente desprevenido, y me echó dentro de un gran bol de plata lleno de crema, y luego escapó a todo correr. Caí de cabeza, y a no ser un buen nadador lo hubiera pasado muy mal, pues Glumdalclitch estaba en aquel momento al otro extremo de la habitación, y la reina se aterrorizó de modo que le faltó presencia de ánimo para auxiliarme. Pero mi pequeña niñera corrió en mi auxilio y me sacó cuando ya había tragado más de media azumbre de crema. Me llevaron a la cama, y se vio que, por mi fortuna, no había recibido otro daño que la pérdida de un traje, que quedó completamente inservible. El enano fue bravamente azotado y, como añadidura, obligado a beberse el bol de crema en que me había arrojado, y nunca más recobró su favor, pues poco después la reina lo regaló a una dama de mucha calidad. Así que no volví a verle, con gran satisfacción mía, pues no sé decir a qué extremo hubiese llevado su resentimiento este bribón endemoniado.