Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver La reina se reía frecuentemente de mí por causa de mi cobardía, y acostumbraba preguntarme si la gente de mi país era toda tan cobarde como yo. Uno de los motivos fue éste: el reino se infesta de mosquitos en verano, y estos odiosos insectos, cada uno del tamaño de una calandria de Dunstable, no me daban punto de reposo cuando estaba sentado a la mesa, con su continuo zumbido alrededor de mis orejas. A veces se me paraban en la comida; otras se me ponían en la nariz o en la frente, donde su picadura me llegaba a lo vivo, despidiendo malísimo olor, y me era fácil seguir el trazo de esa materia viscosa, que, según nos enseñan nuestros naturalistas, permite a estos animales andar por el techo con las patas hacia arriba. Pasaba yo gran trabajo para defenderme de estos bichos detestables y no podía dejar de estremecerme cuando se me venían a la cara. El enano había cogido la costumbre de cazar con la mano cierto número de estos insectos, como hacen nuestros colegiales, y soltármelos de repente debajo de la nariz, de propósito para asustarme y divertir a la reina. Mi remedio era destrozarlos con mi navaja conforme iban volando por el aire, ejercicio en que se admiraba mucho mi destreza.